La Rana Encantada para niños, descargar o imprimir.
- ¡Ay, mi bolita! La he perdido -se lamentó la princesa. ¡Que alguien me la traiga! -ordenó.
De repente, la princesa escuchó una voz.
- ¿Qué te pasa, hermosa niña? ¿Por qué te lamentas?
La princesa miró por todas partes, pero no vio a nadie.
- Aquí abajo -dijo la voz.
La princesa mirando hacia abajo y vio que, sobre un nenúfar, se hallaba aposentada una rana que la observaba con sus redondos ojuelos.
- ¡Ay, ay, qué bicho más feo! -chilló la princesa.
- Vamos, vamos, princesita, que no os voy a devorar -se burló la rana. Además, yo puedo devolverte tu bola.
- Pues bien; durante una semana tendrás que llevarme contigo a tu mesa y dejarme dormir bajo tu almohada.
- ¡Espera, princesa! -dijo la rana- ¡No puedo correr tan rápido!
Pero la princesa no hizo caso. Al día siguiente, al llegar la hora del almuerzo, la princesa había olvidado el pacto, la rana y hasta la bola. Tenía un nuevo capricho:
- ¿Y qué quiere esa rana? – preguntó el rey.
- Vuestra hija me prometió que me sentaría a su mesa -dijo la rana.
- Lo es, pero no pensaba cumplir la promesa.
- ¡Cómo que no! -se enfureció el rey, que no admitía en nadie, ni aún en su hija, que se fuera informal.
- Hija, si hiciste una promesa, debes cumplirla dijo el rey.
- Rana, sube a la mesa -ordenó muy severo el rey.
¡Qué ascos hizo la princesita cuando la vio acomodada entre el frutero y su plato!
Enfadada con su padre, le amenazó con objeto de asustarle:
A la princesa se le quitó por completo el apetito. Al rato, cuando la la rana cayó en el plato de natillas de la princesa, ésta exageró lo enferma que se sentía.
La idea de compartir su habitación con aquella rana le resultaba tan desagradable a la princesa que se echó a llorar. Contra lo que esperaba, el rey ni se conmovió y dijo:
- Llévala a tu habitación. No está bien darle la espalda a alguien que te prestó su ayuda en un momento de necesidad.
La princesa obedeció, recogiendo a la rana lentamente, sólo con dos dedos. Cuando llegó a su habitación, la puso en un rincón. Al poco tiempo, la rana saltó hasta el lado de la cama.
- Estoy cansada – dijo la rana- Súbeme a la cama por favor.
De mala gana, no tuvo más remedio que subir la rana a la cama apenas tocándola y acomodarla en las mullidas almohadas.
- Aguántate, princesita -replicó la rana, poco respetuosa con la real personita de la mimada joven.
- Deja de llorar y seremos muy amigas – ofreció al rato la ranita.
- No quiero ser amiga tuya ni dormir contigo.
Entonces, ¡oh, sorpresa! La verde piel cayó y un apuesto príncipe se irguió en su lugar. La princesa estaba tan sorprendida como complacida.
La princesa, deslumbrada, aceptó, se casaron y fueron muy felices.
Fuente :
La Rana Encantada